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"La Cueva: Cuando la vereda de la Plaza Sarmiento tuvo 16 bits"

Era una tarde de esas pesadas en Rosario, donde el calor te pegaba como una Fatality de Goro. Eran los 90. En La Cueva, Con Kato estábamos todo el día ahí, rodeados de carátulas de cartuchos de Sega Genesis, pero sentíamos que nos faltaba algo para terminar de romperla.

La Cueva, Entre Ríos al 1000

Un día se nos ocurrió un idea, poner una tele y una consola para que las personas pudieran jugar. No podíamos sacar la tele así nomás porque volaba, así que aplicamos ingeniería rosarina pura. Agarramos el taladro y le entramos a la madera para armar un "mueble" artesanal. Era una caja guerrera, con esos botones cóncavos y una palanca de arcade que se bancaba cualquier sacudida.

Detrás de la puerta pusimos un televisor TRC de 20 pulgadas bien pegado al vidrio de la izquierda, ese que daba a la vereda cuando sacábamos las rejas. Kato me ayudaba a pasar los cables, esquivando las cajas de consolas, para que el joystick quedara firme afuera pero se pudiera meter a la noche.

Un pibe que venía pateando con la mochila del colegio. Se frena en seco. Mira la pantalla donde el Mortal Kombat II estaba en el modo demo. Mira la caja de madera. Estira la mano, medio con miedo de que le cobráramos, y aprieta el botón de "Start". Cuando escuchó el grito de Shao Kahn, se le iluminó la cara como si hubiera visto un ovni.

Imagen recreada con IA

Desde adentro, con Kato nos mirábamos de reojo, haciéndonos los que estábamos acomodando los cartuchos de Sonic 3 o Ultimate Mortal Kombat, pero la verdad es que estábamos re manija viendo el experimento. Era un espectáculo: se armaba fila de pibes que venían de la escuela, algún que otro tachero que paraba un minuto "a ver qué onda" y los clásicos "mirones" de la plaza que se quedaban hipnotizados por la fluidez de los 60Hz.

Lo mejor era cuando entraban. El joystick afuera era el anzuelo, pero adentro estaba la posta. Entraban con el dedo colorado de tanto darle a la palanca y nos preguntaban:

— "Che, maestro... ¿cuánto sale la Sega con algunos cartuchos?".

Esa caja de madera no era solo un control; era el puente. Nosotros sabíamos que en ese momento estábamos vendiendo tecnología, pero también estábamos regalando un rato de vicio a los pibes que no tenían la suerte de tener una consola en casa. Era la ética de barrio: "jugate una ficha gratis, y si te copa, pasá que te contamos cómo te la llevás".

Fueron años de gloria en esa cuadra, Los agujeros en la puerta que se ven en la foto son las cicatrices de guerra de esa época donde con Kato hacíamos magia para que Rosario fuera un poquito más gamer.

Con Kato sabíamos que el joystick no era solo para los pibes que venían con la billetera de los viejos. Los verdaderos "habitués", los que le sacaban brillo a los botones, eran los pibes que laburaban la calle ahí en la Plaza Sarmiento.

Me acuerdo patente de las caras. Estaban los que vendían esas tarjetitas de cartulina blanca con algún dibujo o frase, y los lustrabotas que andaban con el cajoncito al hombro, curtidos por el sol de la tarde. Entre todos ellos, me quedó grabado a fuego Ariel. Un enano de unos diez años, con los dedos siempre un poco manchados de tinta o pomada, pero con una chispa en los ojos que te daba vuelta.

Para Ariel y su banda, La Cueva era la parada obligatoria. Llegaban cansados de patear el centro, apoyaban el cajoncito de lustrar contra la pared, se secaban la transpiración y se entregaban al vicio. Era su momento de ser pibes, de olvidarse por un rato de las monedas y las tarjetas.

— "Che, ¿me ponés el de las tortugas ninja?", me pedía Ariel asomando la cabeza por la puerta, con esa confianza que dan las horas de vereda.

Y con Kato nunca les decíamos que no. Al contrario, nos daba un gusto bárbaro. Les cambiábamos el cartucho, les poníamos el Sunset Riders o alguno de peleas para que jugaran. Verlos ahí, concentrados, bardeándose entre ellos por un "perfect" o festejando un truco, era la mejor publicidad del mundo, aunque no nos dejaran un peso en la caja.

Era un pacto tácito de respeto. Ellos cuidaban el joystick como si fuera propio. Se tomaban su descanso, se olvidaban de la calle por un ratito entre píxeles y colores, y después, con la energía renovada, se colgaban el cajoncito o agarraban las tarjetas y seguían viaje: "¡Gracias, jefe, nos vemos después!".

Facu y Kato en "La Cueva"

A veces, con Kato nos quedábamos mirando desde adentro cómo Ariel le daba masa a la palanca. Nos dábamos cuenta de que, en esa cuadra de calle Entre Ríos, habíamos logrado algo más que vender Segas. Habíamos armado un lugar donde, por un par de vidas en el juego, esos pibes no tenían que ser trabajadores, solo tenían que ser pibes.

Esos agujeros que quedaron en la puerta, para mí, son los puntos de guardado de la infancia de Ariel y de tantos otros que hoy ya serán hombres, pero que seguro se acuerdan del local donde la magia era gratis.

Facu LU6FPJ

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Maxi, Beto, Kato y la Bestia Enjaulada...

Mirá vos… Maxi siempre fue de esos tipos tercos como mula. Un tipo que, si se le ponía entre ceja y ceja modificar algo, no había Cristo, ni suegra, ni tormenta del Paraná que lo frenara. Y por eso, claro, terminó gastándole la paciencia a Kato. Le erosionó el ánimo, bah… lo limó como quien lima una llave para que entre en cualquier puerta ajena. A pura rotura de huevos, como Dios manda.

Kato, que ya tenía suficiente con el laburo, la humedad y Central que no levantaba ni con grúa portuaria, terminó aflojando. Le abrió las tripas al pobre bicho electrónico y le encajó un AY-3-8912, ese famoso chip de sonido que en los ochenta te hacía creer que estabas escuchando la Sinfónica de Viena cuando en realidad parecía música de ascensor, pero más gritona. Una pieza noble, eso sí. Un integrado que se usaba en lo mejorcito: la Amstrad, algunos arcades, etc… todos fierros que hacían ti-ri-ri-pín como si el futuro estuviera a la vuelta de la plaza Sarmiento.

Pero Maxi no se conformaba con “sonidito lindo”. No, señor. El tipo quería más. Soñaba épico, como hincha que cree que este año sí salimos campeones. Por eso Kato también le mandó una memoria RAM de 16K paginada sobre la ROM, switcheada con un interruptorcito que parecía robado del tablero de una heladera Siam. Una delicadeza técnica, bah… una cirugía electrónica hecha con la mano experta de Kato —esa mano prodigiosa que podía revivir un chip muerto o arreglar la perilla del calefón—, soldador en mano, un mate lavado a medio terminar y, cómo no, el famoso “fideo rojo”, ese cablecito infame que en aquellos tiempos servía para todo: puentear memorias, revivir placas, improvisar inventos y, de paso, arruinar definitivamente cualquier garantía que hubiera quedado en pie.

Cuando terminaron, claro… no entraba todo en la carcasa original. Ni con milagro ni con cinta scotch. Así que recurrieron a lo que cualquier rosarino hace cuando la realidad se pone caprichosa: improvisar. La metieron adentro de la carcasa de una TS2068, como quien mete un perro adentro de un bolso de mano. Quedó una especie de Frankenstein siliconado, orgulloso y tristón, como el que se compra la camiseta trucha de Central, pero igual la luce como si hubiera salido del túnel del Gigante.

Y ahí quedó la máquina, vibrando sus tres voces del AY-3-8912 como si quisiera decir: “Viejo, acá estoy… soy un engendro, pero soy tuyo”. Maxi la miraba con un orgullo casi paternal; Kato, con la misma cara con la que miraba la boleta de la EPE.

Pero ambos sabían que, aunque el mundo fuera un cambalache injusto y medio loco, ahí estaba su creación: una criatura electrónica irrepetible, hecha a fuerza de mañas, porfiadez y soldadura chiclosa.

Facu LU6FPJ.

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