En aquellos tiempos, cuando quien suscribe trabajaba en "La Cueva" y "On Line", el transporte para volver a casa solía ser pedestre. Caminar por Rosario tiene sus encantos, pero también sus peligros: el peligro de encontrarse con un tesoro que uno no puede cargar.
Caminaba por la calle San Martín, con el paso firme de quien ha reparado joysticks, varias PCs y una fuente de alimentación en una sola mañana, cuando al llegar a la esquina de (Si la memoria no me falla) calle La Paz, allí había un barcito que despedía aromas de café y olvido, mis ojos se toparon con una visión celestial. No, no era la aparición de un espíritu. Era algo mucho más sagrado: un gabinete de madera de un arcade, abandonado junto a la basura, huérfano de fichines y condenado al frío de la vereda.
Me detuve en seco. El corazón me latía a la frecuencia de un procesador 8086. Aquel "mastodonte" de madera me miraba con sus laterales despintados, implorando un hogar. Pero había un problema logístico de proporciones épicas: el mueble medía... bueno, medía mucho.
Emprendí entonces una carrera olímpica hacia mi casa. En el trayecto, el destino, que a veces es piadoso, puso en mi camino a Martín "Luigi".
¡Luigi! exclamé, recuperando el aliento. ¡Hay un gabinete de arcade en la calle! ¡Es un rescate de emergencia!
Luigi, que tiene el espíritu de un Ranger de Texas pero con más afinidad por las computadoras, no hizo preguntas. Fuimos a buscar y nos subimos a mí Peugeot 505, volamos hacia la esquina de la revelación.
Mi mayor temor era que algún transeúnte sin escrúpulos, o peor aún, un recolector de residuos con pretensiones de carpintero, se lo llevara. Pero allí estaba. Inmóvil. Majestuoso entre las bolsas de residuos.
Ahora bien, en el lugar surgió un dilema físico: "¿Cómo introducir un objeto de geometría caprichosa y gran volumen en el receptáculo posterior de un vehículo sedán?". Aplicamos la técnica que en física cuántica se denomina "Empujá que entra". El baúl del 505, noble y vasto, recibió al gigante. El arcade quedó con la mitad del cuerpo fuera del auto, saludando a los vecinos de la zona mientras avanzábamos a paso de procesión, con Luigi sosteniendo lo que la soga no alcanzaba a apretar. Parecíamos una mudanza de una sala de videojuegos clandestina.
Llegamos a casa, lo bajamos. Y allí empezó la paciente restauración junto con mi hermano:
Saneamiento: Se procedió a la remoción de décadas de polvo de bar y nicotina histórica.
Audio: Instalé dos parlantes y un amplificador de fabricación casera (con ese siseo romántico de los circuitos artesanales).
Interfaz: Compré palanca y botones nuevos. Para que la PC los entendiera, use una placa de joystick vieja, soldando cables con la precisión de un neurocirujano trasnochado.
Visión: Desarmé un monitor de tubo (TRC) y lo incrusté en el mueble junto a un motherboard que pedía guerra.
Mi casa se transformó en el "Centro de Vicio". La escena era digna de un cuadro costumbrista: mientras los muchachos de la barra se turnaban para pilotar el avión del 1942 en el gabinete rescatado, otros, jugábamos al Quake.
Tenía montada una red LAN rústica pero infalible, con cable coaxial RG-58. Si alguien tropezaba con el cable, el "segmento" se caía y los insultos volaban más rápido que los proyectiles del juego. Era una época de baja latencia y alta amistad, donde el único "lag" era el que sentíamos nosotros al día siguiente para ir a trabajar.Y así, aquel mueble que nació para dar alegrías en un bar de mala muerte, terminó encontrando la gloria eterna en el santuario de un técnico que, simplemente, no pudo dejarlo morir en la calle.
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