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💾 Galería Vía Florida, "La galería de la computación"

Galería Vía Florida, San Martín 1051

Si uno entrecierra los ojos y se deja llevar por la nostalgia —esa traicionera que te hace creer que todo tiempo pasado fue mejor, aunque tuviéramos que configurar los IRQ a mano—, esto no es una foto; es un daguerrotipo de nuestra inocencia digital.

Fijate vos la iluminación, esa luz ámbar, medio tanguera, medio de interrogatorio policial. Esa era la Galería Vía Florida. En los 90, eso no era un pasillo; era el Silicon Valley de la Peatonal San Martín, pero con olor a encierro y humedad del río.

🛑 Game Line: El Primer peaje del vicio

Apenas cruzabas la línea de entrada, ni bien te tragaba la galería, te encontrabas con un peaje. Ahí estaba Game Line, en el local 44, el primero que te clavaba la vista. No hacía falta caminar, el cartel te llegaba a vos.

Este no era un local de computación, era una emboscada. Era el manija de la Peatonal San Martín. Ese que te cebaba, te mostraba el futuro y te dejaba con la saliva goteando. Ellos no te vendían un Super Nintendo; te vendían la droga dura del ocio digital, con un tono de voz que te decía: 'Yo te doy la primera dosis, pibe, y después vení a rogarme por el cartucho'.

Su folleto, ese que tenés ahí con el Sonic mirándote con cara de tramposo, era el anzuelo: "NO COMPRE" "CONSULTE". Una obra maestra del cinismo. ¿Qué vas a consultar? Vas a entrar a ver la caja del Panasonic 3DO. Te dejaban más shockeado que un módem sin filtro de línea. Te afanaban la voluntad, el efectivo y la decisión de seguir caminando antes de que te dieras cuenta de si era jueves o sábado.

✂️ DMA: El confesionario del Shareware

Si lograbas salir vivo de la trampa de Game Line, venía el purgatorio. A la izquierda, ahí nomás, en el local 41 tenías el local de DMA Informática. Empapelado de listas impresas en matriz de punto, como si fueran los decretos de un rey loco. Ahí te vendían shareware. Pero ojo, que la relación con DMA era de un amor tierno, casi familiar, de esos que te hacen la vida imposible, sobre todo en Navidad.

Me acuerdo cuando decoraban la galería con esas lucecitas musicales, una tortura china a pilas. Estaban colgadas a una altura que invitaban al delito, y con Kato pasábamos levantando los brazos y activando las musiquitas de todas las guirnaldas al mismo tiempo. Era una sinfonía del infierno, un "Jingle Bells" polifónico que te taladraba el cerebelo. Los chicos de DMA salían y las apagaban una por una, con paciencia de monje tibetano. Hasta que un día, la paciencia se quebró. Y uno de ellos tuvo su día de furia: salió del local transformado, desencajado, igualito a Jack Nicholson en El Resplandor. Pero como esto es Rosario y el presupuesto no daba para un hacha, salió con una tijera. Y ahí nomás, harto de las melodías, empezó a cortar los cables de las luces a diestra y siniestra. Un mártir del silencio.

💥 TodoComputación: El deporte de riesgo silencioso

Si te animabas a seguir caminando por esas baldosas —que tenían más kilómetros de trapo de piso que la pista del aeropuerto de Fisherton—, allá en el centro de la galería asomaba TodoComputación. Ahí la cosa se ponía seria... y peligrosa. Porque con Kato teníamos una especie de ritual vandálico-afectivo con ellos. Los tipos, inocentes, armaban en la vidriera una torre inmensa de cajas de diskettes, una obra de ingeniería sobre el vidrio.

¿Y qué hacíamos nosotros? Pasábamos y, con disimulo, empujábamos el vidrio. ¡Plaf! El efecto dominó era instantáneo, la torre se venía abajo del lado de adentro y nosotros seguíamos caminando silbando bajito. Y si cerraban al mediodía y dejaban los escritorios de PC afuera, volvíamos y se los amontonábamos todos contra la puerta, haciendo una barricada. Era nuestra forma de decirles "los queremos", pero en un idioma muy particular.

😈 ONLINE: El último nivel, la Gloria.

Y allá en el fondo..., a la izquierda, en el local 35 estaba la perdición: ONLINE Software: El Último Nivel. El antro donde estaban los jueguitos. Vos caminabas ese pasillo como quien firma su propia condena a horas de joystick y pizza fría. Ya habías pasado por Game Line, DMA y TodoComputación. y vos no te ibas a ir de ahí sin el último jueguito que te hacía vibrar la retina y que prometía la felicidad total por unos miserables megabytes.

Y te digo más, para que veas que el destino es una cosa seria y caprichosa: la galería era tan perfecta para la computación, tan metida en el personaje, que la simulación se desbordaba a la realidad. ¡Si hasta los porteros parecían renderizados! Tenías a uno, el más petiso, que era un clon del Mario Bros, le faltaba cabecear ladrillos nomás. Y el otro... ¡Qué personaje! Un tipo con un porte, un aire a galán de kermesse venido a menos... era el mismísimo Leisure Suit Larry en carne y hueso. No me digan que no era una señal. Estábamos viviendo dentro de una aventura gráfica y nosotros preocupados por el autoexec.bat.

Mario y Larry en la galería.

Hoy ves esas fotos y te agarra una cosa acá, en el pecho... una angustia existencial. Porque esos locales, con sus vidrieras llenas de promesas de 8 y 16 bits, sus empleados al borde del ataque de nervios y sus porteros de videojuego, eran nuestros templos. Y ahora... ahora todo eso cabe en la uña del dedo chico de un pibe que no sabe lo que es esperar a que conecte el módem o que cargue un juego de Spectrum.

Qué barbaridad. Tanta tecnología, tanto futuro que nos prometieron en esos pasillos, y al final, miranos... acá estamos, suspirando por unas fotos pixeladas y dándonos cuenta de que la vida, pasa más rápido que un microprocesador obsoleto.


Facu LU6FPJ

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🎮 La Rosario de los Jueguitos

Había una época —allá por los gloriosos ochenta y un cachito de los noventa— en que la palabra “download” todavía no existía, y los sábados en Rosario tenían un ritual más sagrado que el asado: ir a grabar jueguitos.

Uno salía con el datasette o los diskettes bajo el brazo como quien lleva un bebé a bautizar. Caminabas por el centro con el cassette virgen bien rebobinado, la lista de títulos anotada en birome azul (“Yie Ar Kung Fu, Abu Simbel Profanation, Green Beret...”) y la ilusión de volver a casa con algo que ande.


🏢 Las catedrales del vicio digital

Compumática y PacMan Games

En la Galería Santa Fe, una al lado de la otra, estaban las dos misas principales del sábado.

En Compumática te atendía una banda de tipos que sabían más de Commodore que el propio Jack Tramiel. Te recomendaban, te explicaban, te tipeaban la etiqueta en máquina de escribir (¡en máquina de escribir, papá!).

Al lado, PacMan Games, era más “popular”: ahí todo estaba bueno. Pedías un chamullo injugable y te decían “sí, ese está bárbaro, mejor que el Ghosts’n Goblins”.

Enfrente de los locales había una columna espejada, y era inevitable: te descubrías reflejado, con cara de satisfacción y un cassette TDK en la mano, pensando “soy feliz”.


On Line Software

Después estaba On Line, primero en la Galería Córdoba y más tarde en Vía Florida.
Era como la NASA de los jueguitos. 
Ahí estaban Willy y su equipo. Tipos que sabían tanto que podían revivir un disquete a fuerza de editor hexadecimal y fe.


De izq. a derecha: Kato, "La chica del Doom", Willy y LU6FPJ

Los sábados, On Line era un hormiguero humano: pibitos con mochilas llenas de cintas, madres y padres resignados sosteniendo cables, y un aire a locura colectiva por el último juego de Ocean.

Más tarde abrieron New Line Computación, en Zeballos y Callao, donde además de juegos vendían hardware y Commodores Amiga. Era la evolución natural: del cassette al rígido, de la galería al mostrador.

La Cueva, en Entre Ríos 1071… un nombre perfecto, porque aquello no era un local: era un ecosistema subterráneo de bits, soldaduras y café recalentado.
El comandante del refugio era Carlos Arakaki, más conocido en la fauna rosarina como Japo o Kato —según la confianza o la época—, un tipo capaz de resucitar una computadora con lo mismo que otro usaría para arreglar una radio Spika.

"La Cueva" o "La Tinto"
En La Cueva se hacía de todo: desarrollo de software, hardware artesanal, y sobre todo, reparaciones imposibles.

Era el lugar donde las computadoras iban a confesarse.
Entraban con pantallas en negro y pitidos lastimeros, y salían, milagrosamente, funcionando.
El Japo no te daba presupuestos: te daba esperanza.

Había cables colgando, plaquetas abiertas, olor a estaño y esa música eléctrica del transformador que nunca se apaga.
Si el On Line era el MIT rosarino, La Cueva era su laboratorio secreto, donde las máquinas sobrevivían gracias al pulso firme y al ingenio japonés-rosarino de Kato.
Un lugar donde no se hablaba de marketing ni de ventas:
ahí se hablaba de vida o muerte… de las computadoras, claro.

 


Compufer

En Catamarca 1110 vivía otro mito: Compufer.
Lo atendía un tipo de bigotes, nobleza bruta y facturas escritas a mano con letra de médico.
El lugar era un quilombo hermoso: cables por el piso, olor a soldadura y monitores Hércules blanco y negro que te dejaban la vista como si hubieras mirado un eclipse sin protección.
Ahí muchos compraron su primera 286, o cambiaron su MSX por un disco rígido de 40 MB (un lujo que pesaba más que un ladrillo).


TodoComputación, D.M.A. y Ramdisk

En la misma Galería Vía Florida, TodoComputación atendido en algun momento por un personaje mitico, Claudio Martignioni, que hoy sería considerado ingeniero de nostalgia aplicada.

Claudio Martignioni en D.M.A
Eso sí que era otra cosa. Nada de jueguitos ni aventuras intergalácticas: ahí se hablaba en serio, con tornillos, jumpers y olor a plástico nuevo.

Era el templo del hardware y los insumos para PC, donde las cajas de diskettes se apilaban como ladrillos y los cables IDE colgaban cual guirnaldas navideñas.

Su dueño, Daniel, tenía ese aire de tipo que ya había visto de todo: placas, fuentes quemadas y usuarios que juraban que “no toqué nada”.

Si necesitabas una disquetera, una fuente AT o una impresora que pesaba más que un lavarropas, ahí estaba la salvación.

Nada de magia, puro fierro y repuesto.

TodoComputación era el taller mecánico del mundo informático:


Vos entrabas con una computadora, y salías con media docena de componentes nuevos “por las dudas”.

Y aunque no entendieras del todo lo que te vendían, salías contento, porque te habían tratado como a un colega… o al menos como a alguien que sabía qué era un puerto paralelo.

A pocos metros, D.M.A., Ah, D.M.A. Shareware… no vendían jueguitos, no señor.
Era un local para los que ya habían colgado el joystick y se sentían medio ingenieros.
Allí no había Street Fighter ni Lotus Turbo Challenge: había compresores, antivirus, utilitarios, y esas cosas que uno instalaba sin entender del todo, solo porque hacían ruido a “profesional”.

Los hermanos K, eran los guardianes de ese pequeño templo de la productividad digital.

D.M.A. era como la versión rosarina de Silicon Valley, pero con mate y olor a estaño.
Un lugar donde los disquetes se apilaban como medialunas y cada programa parecía prometer que ibas a hacer algo importante… aunque al final lo único que hacías era comprimir archivos y sentirte un poquito Bill Gates del barrio.

DMA Informática 

Y en la Galería Rosario, ahí te esperaba el mismísimo Ramdisk, con Pachone al frente (sí, el hombre estaba en todos lados, probablemente el primer “franquiciado” de la historia gamer local).

Local 121, planta alta. La fila daba vuelta la galería. Uno esperaba mirando revistas Micromanía, mientras de fondo se oía el clic-clic de los datasettes y el “¡uy, se cortó la cinta, pasame otro TDK!”.


Computational-3, Pitágoras y otros templos

En la cortada Barón de Mauá, Computational-3 era casi una universidad. Vendían para ZX Spectrum, CZ y PC XT.
Ahí uno aprendía que el “LOAD” iba con comillas y coma, ocho, uno.


En la
Galería Mercurio, Pitágoras, atendido por Oscar, mezclaba juegos con programas educativos, por si algún padre controlaba demasiado. (“Es para aprender matemática, ma”).
Foto: Diario La Capital

Y claro, también estaba Data 44 en Alberdi, donde algunos juraban que daban clases de BASIC, aunque la mayoría iba por los juegos igual.


📼 El rito del sábado

El sábado a la mañana era sagrado.
Uno se levantaba temprano, desayunaba apurado y se iba al centro.
Volvías con cuatro cassettes y la promesa de una tarde de felicidad digital.
A veces no cargaban (“?SYNTAX ERROR”), pero no importaba: ya el hecho de ver las rayas de colores en el televisor y escuchar ese chillido infernal era suficiente.

Había algo de comunidad, de club no oficial.
Te cruzabas siempre a los mismos: el pibe del barrio con su General Electric, el del Amiga con aire de superioridad, el del Spectrum que decía que “los gráficos no importan, lo que importa es la jugabilidad”.
Y después, todos terminaban en el mismo club o bar, comentando los juegos nuevos.


💾 Época de oro

De esa Rosario no quedan casi fotos.
No había celulares ni redes; los únicos backups eran los recuerdos, grabados en la cinta magnética de la memoria.
Pero si hoy, caminando por la peatonal, pasás frente a una galería vacía y escuchás en tu cabeza un piiii-piii-chiiiiiii, no te asustes:
No es un fantasma digital, es tu memoria haciendo
LOAD "nostalgia",8,1.

Y por unos segundos, mientras el sonido se mezcla con el ruido del tránsito y el eco de tus pasos, se vuelve a escuchar el murmullo de los sábados, las risas, los datasettes rebobinando y esa ansiedad mágica de esperar que el juego cargue sin error.

Porque aquella Rosario, con sus galerías, sus nerds y sus pioneros de la informática artesanal, sigue ahí… en algún sector oculto del disco rígido del corazón.

Probablemente me esté olvidando de más personas, locales y anécdotas —la memoria también tiene bad sectors—, pero iré actualizando esta historia a medida que me acuerde… o me lo recuerden.

Facu LU6FPJ






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